Por: Miguel Castillo

No hace falta una prueba distinta al caos mundial de los últimos diez años para establecer que el sueño del estado democrático moderno se está convirtiendo, más bien, en toda una pesadilla.
El ascenso del fascismo en todo el mundo, el populismo rampante y la extrema desinformación de un público electoral cada vez más alejado de su realidad; todos son apenas síntomas de la verdadera enfermedad: el progresivo cáncer que sufre la democracia. Para algunos esta podría resultar una posición controversial, pues pensar en la lenta defunción del sistema de gobierno que usan la mayoría de naciones en el mundo no solo genera pánico, sino una especie de duda existencial: ¿A dónde nos dirigimos después de esto?


Esa es la duda que me aterra todos los días, luego de una sesión de doom scrolling por Twitter o Facebook, leyendo los tweets de Donald Trump (junto a sus respuestas) o pasando por el perfil de alguno de mis compañeros de bachillerato encontrando que se ha vuelto un colombiano de bien, con todas las connotaciones que trae ese término.
Por mi propio bienestar y el de muchas personas de mi generación quiero pensar que la democracia no se encuentra en su fase terminal, que a lo mejor esta situación es un resfriado que mejorará con algo de cuidado. ¿Pero cuál sería el cuidado necesario?
He aquí el dilema, sabemos que la democracia arde y no hay que ir al otro lado del Atlántico para evidenciarlo, justo aquí tenemos el proto fascismo de Bolsonaro en Brasil, el fracaso del neoliberalismo en Chile, la farsa del “estado social de derecho” colombiano y no hay que repetir la situación que conocemos de Estados Unidos actualmente. Todo esto no hace más que acordarme de los incendios en Australia a principios de año y las conflagraciones que ahora mismo amenazan la costa oeste de los Estados Unidos. El colapso de las democracias parece ser un fuego voraz que amenaza por consumir a los estados modernos y ahí
¿podrán los estados democráticos renacer del fuego como un fénix? ¿desecharán el plumaje viejo y estorboso por uno colorido y brillante? ¿o por el contrario nos daremos cuenta de que la democracia nunca fue un fénix sino una simple (y terriblemente cocinada) gallina?

Estas son las preguntas que me hago todos los días, y no, no es un ejercicio sano, pero sí es increíblemente necesario.
Fruto de este masoquismo diario, he encontrado una fuente que da oxígeno al progresivo incendio de las democracias en América, que no es la única razón, pero sí puede llegar a ser una base para pensar sobre cómo evitar que el proyecto democrático se consuma por completo y sobre cómo construir algo mejor. Así, en principio quiero tomar el sombrío ejemplo de los Estados Unidos, y su incipiente trayecto hacia un verdadero gobierno autoritario, para explicar esta razón.
Por muchos años, para mí, Estados Unidos parecía un paraíso. El cine, la televisión y todo el contenido mediático que consumía retrataba a EE.UU. como un maravilloso lugar para vivir; no fue hasta que tuve acceso a información diferente y formé una postura política clara que comprendí la realidad de ese tal “paraíso”.

Primero hay que entender que el proyecto democrático estadounidense nace de un grupo de hombres blancos, poseedores de tierras y esclavos, que a sabiendas perpetuaron y expandieron el genocidio de pueblos originarios, iniciado por los colonizadores ingleses muchos años atrás. Desde aquí sabemos que la auto nombrada “mejor democracia del mundo” no tuvo un buen inicio.
Ahora bien, dentro de lo que académicos como Larry Diamond plantean como elementos fundamentales para la democracia encontramos un sistema electoral que permita escoger y reemplazar gobernantes, la participación de ciudadanos en la vida política, la protección de los derechos humanos de todos los ciudadanos y una norma que se aplique equitativamente para todos, y pareciera que el sistema de los Estados Unidos no responde a ninguna de estas cuestiones. Tan solo observemos el ejemplo del sistema electoral de los Estados Unidos, un sistema bipartidista de demócratas y republicanos con mínimas diferencias tangibles, además del absurdo sistema del Colegio Electoral en donde el voto de un habitante de Wyoming equivale casi a 4 votos de una persona en California; esto sin contar las estrategias de supresión electoral que le quitan el derecho al voto a personas culpables de delitos (felonies) que pueden incluir el porte o consumo de sustancias psicoactivas, vandalismo e incluso holgazanear (loitering), lo que afecta desproporcionadamente a la estigmatizada población afroamericana.
Este no es un sistema democrático y, aun así, cada cuatro años, la población mundial sostiene la respiración observando a los ciudadanos estadounidenses repetir el mismo juego, a ver quién es el siguiente líder del “mundo libre”.
Esta es para mí la principal falla del proyecto democrático, no sólo en Estados Unidos, sino en muchas (o todas) las naciones americanas, en donde se sabe que el sistema de gobierno no es democrático y seguimos jugando bajo las mismas normas, esperando que algo cambie.
El dēmos de democracia se perdió, no hay un pueblo que gobierne, hay un interés particular de unas partes y un sistema enteramente diseñado para servirle. Por esto la democracia arde, porque una población enteramente individualizada, alienada de sus pares no logra concebir su encuentro y mucho menos la construcción conjunta de un gobierno de todos. No hay mejor ejemplo que la población estadounidense, la meca del individualismo, en donde los intentos de trabajo colectivo son prontamente aplastados por la separación entre grupos sociales, donde es muy difícil hablar de un “pueblo” porque el consumo se volvió la única manera de participación política.

Sin embargo, el 2020, con todos los desafíos que trajo, también es ejemplo de ese renacer del dēmos y de la esperanza para el futuro. Ejemplo de ello son las masivas movilizaciones en Chile, Brasil, Bolivia, Colombia e incluso Estados Unidos, que vio un periodo de movilización hacia causas conjuntas. Chile, por ejemplo, logró el primer paso hacia una nueva constitución, en el primer movimiento enteramente democrático que he visto en mi corta vida.
Eso me hace creer que la democracia tiene esperanza, que tiene posibilidades de acción y tiene futuro, ese es el mensaje que me queda y que repito a diario para que el oscuro horizonte que me pintan las redes sociales no me abrume.
Es tarea de las nuevas generaciones preguntarnos si queremos apagar las llamas o por el contrario encenderlas, para que la democracia de todos, ese fénix de plumaje diverso, brillante y nuevo, renazca entre las cenizas del viejo mundo.

